A principios de agosto, la Unión Europea aprobó una nueva normativa que regula el contenido creado por inteligencia artificial en internet. Según esta Ley, todos los contenidos generados o manipulados a través de herramientas de IA tendrán que utilizar algún tipo de etiquetado a la hora de publicarse. La idea es evitar confusiones o incluso perjuicios graves por deepfakes.
La norma contempla algunas excepciones —como el contenido puramente artístico o para uso personal—, pero, previniendo la implantación de este tipo de medidas, muchas plataformas, como Instagram o TikTok, ya han ido creando sus propios sistemas de etiquetado. Además, las plataformas de creación de imágenes o vídeos tendrán que implementar sistemas que añadan marca de agua a sus contenidos o permitan que se identifiquen como creados con inteligencia artificial.
Esto plantea una duda: ¿la audiencia considera la inteligencia artificial como una herramienta más a la hora de crear contenido, o funcionará este etiquetado como una especie de “letra escarlata” que devaluará las imágenes o vídeos que lo contengan?
El debate sobre si generar imágenes con IA es una forma de comunicación y expresión válida ha estado en el centro de la polémica alrededor de esta tecnología casi desde su llegada a nuestras vidas. En un lado, quienes han abrazado alegremente las caricaturas, infografías, los carteles o imágenes reivindicativas que se generan con Gemini, Grok o ChatGPT, y las han incorporado rápidamente a su día a día. Los restaurantes que la utilizan para crear sus menús o imágenes promocionales, las fiestas patronales que nos trasladan su programación para los próximos días, IA mediante, o los usuarios de redes sociales, siempre dispuestos a hacer un comentario o imagen de mofa a raíz de un suceso reciente.
La creación con IA amplifica el riesgo de que todos los carteles tengan un mismo estilo.
En el otro, las personas que la rechazan tajantemente. Los motivos tienen que ver, generalmente, con el medio ambiente o con los derechos de autor: el impacto (en consumo de electricidad y de agua) de los centros de datos que se utilizan para alimentar esta tecnología es enorme, y los distintos modelos de lenguaje de empresas como Anthropic u OpenAI están entrenados con material obtenido de internet y diversas bases de datos y que, en muchas ocasiones, tienen derechos de autor. Los autores, no obstante, no reciben aviso ni retribución por el uso y reproducción de sus obras.
“La IA no me parece ética, pero no me parece un problema que se use para hacer memes”, nos explica Juan N., profesor de escuela primaria y padre de dos niñas. “Pero cuando la usas en tu negocio, te estás cargando tu credibilidad”.
Creaciones que dicen mucho de quien hay detrás
Como muchos otros, Juan opina que, si bien el impacto de la etiqueta puede ser menor en el ámbito del entretenimiento, la cosa se complica cuando se utiliza en ámbitos que deben asociarse a la seriedad y profesionalidad. “Quise apuntar a mis hijas a una academia de inglés este verano, pero toda la cartelería que usaban para promocionarse estaba marcada como hecha con IA. Pensé: “Si hacen sus carteles con IA, ¿la estarán usando también para crear sus guías docentes, o para corregir los ejercicios de los niños?”. Aquello, en última instancia, le hizo buscar una academia diferente para sus hijas.
A pesar de que las posibilidades de la inteligencia artificial son grandes, también existe la percepción, para muchas personas, de que utilizarla es un “atajo” para evitar el tiempo o el dinero que requeriría contratar a un profesional. “Creo que muchas veces no se tienen los recursos para contratar a un diseñador, y tiene sentido que se use. Pero a veces hace un flaco favor al producto que se vende”, afirma Marta N., dueña de un bar en Alicante. Reconoce usar IA para carteles promocionales o informativos dentro de su establecimiento, pero se niega a usarlos, por ejemplo, en la carta. “Si en vez de una foto del plato que ofreces estás poniendo una foto creada o retocada con IA… ¿Cómo se va a fiar el cliente de ti?”.
En los ámbitos donde la implementación de la IA es más amplia, como el diseño gráfico o la traducción, se reivindica, también, la manera en la que su utilización puede suponer el coste de puestos de trabajo. La normativa no contempla, por el momento, que las portadas de libros, discos o películas, el packaging de productos, los pósters o incluso las miniaturas de los vídeos de YouTube tengan que marcarse por el momento.
Pero algunos entrevistados también nos argumentan que la etiqueta “hecho con IA” debería ser una herramienta que el consumidor puede utilizar para decidir. “Si la portada de un libro, o la traducción, están hechas con IA, el consumidor tiene derecho a saberlo”, nos cuenta Paula N., trabajadora del sector editorial. “Cada uno, después, tomará la decisión de comprarlo o no… pero no es justo que suceda como hasta ahora: que se oculte, y solo te enteres cuando es demasiado tarde”.









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